El Autoconocimiento, una herramienta para la gestion de la incertidumbre

Cambiar significa dejar algo para incorporar algo nuevo, pasar de un estado a otro o transformar algo. Siempre implica un movimiento más o menos consciente de dejar ir lo antiguo, lo conocido, para dejar espacio a lo nuevo. Es un movimiento que para la mente humana resulta como poco aterrador, ya que nuestra mente está esencialmente preparada para la supervivencia y eso nos atrapa a vivir desde lo conocido y lo seguro. Nacemos con una mente programada para sobrevivir, ya que durante gran parte de nuestra historia evolutiva ese ha sido el principal objetivo: mantenernos con vida. Es por ello que para una parte de nosotros, para nuestro pequeño yo, cambiar nunca será realmente un esfuerzo necesario, por ello empezar a andar el camino hacia nuestro propio autoconocimiento esta lleno de incertidumbres.

Lo que ocurre es que vivir en modo supervivencia implica estar emocionalmente vinculado al miedo y al estrés, y así vivimos la mayor parte del tiempo en nuestra sociedad occidental moderna, atemorizados por las noticias, por la guerra, por el trabajo, por el alquiler, por la salud, por la educación de nuestros hijos, por los que piensan diferente, por los que son diferentes, por los que vienen de otros lugares, por una tecnología que evoluciona sin que lleguemos a entenderla, por el cambio climático o por el fin de los tiempos.

¿Pero qué ocurre cuando algo en nosotros siente hacer un movimiento hacia algo más que una vida de supervivencia?

 

Pero hay momentos en que algo en nosotros sabe y siente que existe otra manera de vivir, que quizá no recuerda, pero que resuena y anhela desde un lugar de su interior. Dar ese paso hacia una vida con mayor paz, sabiduría y bienestar significa soltar lo conocido y empezar a andar un camino hacia lo desconocido.

Y es cuando empezamos a andar el camino, cuando de repente aparecen todos los mecanismos y automatismos que habitualmente guían nuestra vida: la necesidad de saber cuál es la meta y qué ocurrirá, la necesidad de saber cuándo terminará el proceso, la necesidad de controlar el proceso, la necesidad de tener respuestas a preguntas que ni siquiera han aparecido todavía, la necesidad de hacerlo bien, la necesidad de no equivocarnos… Todo ese sentir no es un fallo ni un obstáculo que debamos eliminar de raíz. Es, simplemente, la voz de una parte de nosotros que durante toda la vida ha tenido un único trabajo: protegernos de lo desconocido. Cuando la reconocemos así, deja de ser una enemiga a batir y se convierte en información.

La incertidumbre no se resuelve, se acompaña

Solemos acercarnos a la incertidumbre como si fuera un problema a resolver: buscamos más información, más planificación, más control, con la esperanza de que en algún momento la sensación de vacío desaparezca. Pero la incertidumbre no es un problema, es una condición inherente a cualquier proceso de cambio profundo. Mientras sigamos luchando contra ella —o luchando contra nosotros mismos por sentirla—, seguiremos gastando la energía que necesitamos para atravesarla.

Aquí es donde el autoconocimiento se convierte en una herramienta, no en un concepto abstracto de desarrollo personal, sino en una práctica concreta: la capacidad de observar qué nos ocurre por dentro cuando no sabemos qué va a pasar, sin identificarnos completamente con ese malestar. Conocerse es, en este sentido, aprender a distinguir entre la emoción que sentimos y la historia que nuestra mente construye alrededor de esa emoción. El miedo a lo desconocido es real y biológico, pero el discurso mental de  que “algo va mal” o de que “no deberíamos sentir esto” es una capa añadida que sí debemos soltar.

Cuando nos observamos con esta mirada, algo cambia. Ya no se trata de eliminar el miedo, la duda o la necesidad de control, sino de sostenerlas con más consciencia, sabiendo que son parte del proceso y no una señal de que algo está fallando en nosotros. Esa distinción, aparentemente pequeña, es la que marca la diferencia entre vivir el cambio como una batalla interna o vivirlo como un proceso al que podemos acompañar.

De la lucha al acompañamiento interno

Gran parte del sufrimiento que asociamos a los procesos de cambio no viene del cambio en sí, sino de la relación que establecemos con nuestra propia incertidumbre. Nos exigimos certezas que todavía no existen, nos juzgamos por no tener respuestas, y convertimos el propio proceso en un nuevo motivo de estrés. Es como intentar avanzar por un camino desconocido mientras nos reñimos a nosotros mismos por no conocerlo de antemano.

El autoconocimiento nos ofrece otra posibilidad: aprender a acompañarnos internamente del mismo modo en que acompañaríamos a alguien a quien queremos. Reconocer el miedo sin darle todo el poder de decisión. Escuchar la necesidad de control sin obedecerla automáticamente. Permitir que las preguntas sin respuesta convivan con nosotros un tiempo, sin la urgencia de cerrarlas antes de tiempo. Esta forma de relacionarnos con nosotros mismos no elimina la incertidumbre, pero transforma profundamente cómo la habitamos.

Un camino que se acompaña, no se resuelve en soledad

Ninguno de estos movimientos internos requiere hacerse en soledad ni de golpe. De hecho, muchas veces necesitamos una mirada externa, consciente y entrenada, que nos ayude a distinguir entre lo que es miedo real y lo que es automatismo, entre lo que necesita nuestra atención y lo que simplemente necesita ser observado y dejado pasar. Ese es precisamente el sentido de un acompañamiento consciente: no dar respuestas prematuras ni acelerar el proceso, sino sostener un espacio seguro donde la incertidumbre pueda transitarse sin luchar contra ella ni contra uno mismo.

Si estás atravesando un momento de cambio y sientes que la incertidumbre te desborda, quizá no necesites más respuestas todavía. Quizá lo que necesites es un espacio de acompañamiento donde aprender a mirar ese proceso —y a mirarte a ti misma dentro de él— con más consciencia y menos exigencia. Desde DESDELSER acompañamos precisamente ese tipo de procesos: los que empiezan sin mapa, pero con la certeza de que hay una forma más consciente de recorrerlos.

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